
En calle Rivadavia, en el café “
Me gustaba el lugar, no solamente por su ubicación valiosamente proporcionada entre las cuatro esquinas mas esplendorosas del lugar, si no, por ese olor tan característico a café añejo y el ruido de la maquina –no todos los ruidos son molestos-. Además hacía unas semanas que un grupo de jóvenes preparaba un rincón literario para recordar a tantas celebridades de la época del dos por cuatro, que abatieron ese parqué lustrado y besaron sus copas llenando las cuatro paredes de canto y dolores de arrabal.
Cada tarde se paseaba entre los mostradores un hombre de traje de gris y ojos hundidos antes de sentarse en la última mesa, que aunque parezca raro, parecía estar siempre reservada para él. Hablaba; siempre hablaba, desde que se sentaba no paraba de hablar. Hablaba con el mesero -que siempre le traía un vaso de Whisky W-, hasta que este se disculpaba por tener que seguir atendiendo a las demás mesas. Entonces, miraba a la mesa del frente y seguía con el monologo mirando a sus contiguos, y si estos optaban por darse la vuelta –cosa que pasaba muy pocas veces-, buscaba otras victima y seguía con sus historias interminablemente. A veces, algún solitario le seguía la charla y entonces el cantar era otro: no se detenía por nada, hilaba historias, personajes y lugares de un modo extraordinario, por que aunque no tuviese un vocabulario amplio, su labia era infalible y no dudaba ni se estancaba en ningún momento.
Una tarde, el que curioso y solitario se le acerco a charlar, fui yo y no solo su aspecto y forma de ser eran llamativos; sus historias, con cierto dejo de cordura y lógica, eran tan apasionantes como su rostro cuando las contaba. Entre café y whisky me confesó que se llamaba Mariano Arriaga, afirmación que me parecía tan fantástica como sus historias, pero no me importaba averiguar su nombre verdadero. Además, en el bar ya lo habían bautizado como “el capitán” por sus tantas andanzas y países recorridos en relatos. Jorge Luís Borges –Jorgito según el capitán- habría sido un gran amigo e influencia para él en sus escritos, por que profesaba de escritor -no recuerdo haberlo dicho antes-, tanto así Alfonsina Storni, Roberto Arlt y muchos otros genios del arte y la literatura con ciertos defasajes temporales que hacían imposible el realismo en sus relatos.
- Jorgito fue el que me dijo que tenía que empezar a dedicarme a la escritura, él y Roberto. ¡Roberto! –decía mirando al techo con la mirada perdida, recordando algún anécdota, y proseguía: ¡que modestia que tenía, y como escribía!, cuando lo conocí ya estaba en el diario trabajando, un tipazo la verdad…
Sin comparación una charla increíble, no dábamos a basto describiendo los lugares, las situaciones y los personajes que nos iban apareciendo. Y no solo de literatura hablamos, en tema de política recorrimos los nombres de dictadores, conservadores y revolucionarios; la música, como alimento al alma, tampoco podía faltar, y así fue que desde Gardel a Goyeneche pasamos con mil escalas y sin titubear. Si bien nunca tuve la posibilidad de conocer a Ernesto Guevara o a Roberto Arlt, me parecía haberlos conocido de toda la vida junto al gran Mariano Arriaga. Reiterativo seria hablar de la amistad que formó con todos ellos a lo largo de su vida, pues no se quejaba de nadie y más que con respeto, trataba con un profundo afecto a sus “amigos”.
Si bien estaba al tanto de la enajenación de mi acompañante esa tarde, sin pensarlo, ahí estaba, como un niño de cuatro años escuchando sus historias, creando una cantidad inigualable de imágenes en mi mente, completamente perplejo y creyente.
Este hábito de visitar la mesa del fondo de
Al cabo de unas semanas nuestra amistad se había solidificado tanto como para esperarnos en la misma mesa por más historias. Encontré en Mariano una necesidad abnegada de compañía, su vida giraba en torno a aquellas charlas y como jubilado sin herederos temía constantemente al asecho del fantasma de la muerte. Pues, no quería saber que la vida tan solo se acaba y que de él no quedaría más que carne y tierra. Luchaba contra eso constantemente, y por esto se constituía como un personaje de historias vanas y sin lógica; como “el capitán” aquel al que
Su chifladura con el pasar de los días se hacía más sensata. Además, ¿quien no goza o ha gozado de un poco de demencia en este mundo?
- Nunca encontré una mujer como para casarme, cosa que no me molesta tampoco. Como todo hombre, le tuve miedo al casamiento y como ya te dije, no fue para mi imprescindible casarme y tener hijos, gracias a eso tengo la vida que tengo y te cuento: conocí mucha gente a lo largo de mis años, soy escritor, viaje por muchos lugares…
Pero después de acomodarse los lentes apretándoles el centro contra la entre cejo y tirar el humo de su cigarrillo por la nariz con cierta displicencia y delicadeza de modo tal que su figura se impregne de ese color grisáceo, en voz baja, como secreteando, me decía.
- ¿Sabes? Las mujeres de una sola noche son como una droga. Primero las tenés, te sentís el hombre más galán por que están ahí, por esa noche son enteramente tuyas. Las enamoras, de la mejor manera que un hombre puede enamorar a una mujer, por que te cuesta tenerla y lo que cuesta siempre es valioso. Pero cuando sale el sol, se van, viejo, y nunca sabes si verdaderamente te quieren o no, o si les gusto estar ahí con vos, y te quedas con la duda de por vida. Después pensás, las sufrís. Por que por ahí, a vos te hubiese encantado que se quedaran, pero no les podes decir nada, por que sabes como funciona, y empeoras, las pensás mucho tiempo. Yo a veces he llegado a retener en la cabeza una mina durante meses. Y ahí es cuando te nace la necesidad de buscar otra, ¡te volvés adicto!… ¡es una porquería!...
Tenía una tendencia absurda a teorizar todas sus situaciones después de la tercera o cuarta medida. Sin embargo la forma en que se expresaba el gran capitán era segura, así no tenga conocimiento, gozaba de un paso fuerte, y convencía a cualquiera. Por que aunque este equivocado -y quienes lo oímos lo sepamos-, es imposible no asentir como dando la razón.
Un tarde charlando con el hombre, me confesó algo que cambio por completo mi forma de pensar. Dudó durante mucho tiempo, algo raro de su parte, -pues, había empezado a creer severamente que sufría de incontinencia verbal-, y finalmente mirándome fijo, con algo de palidez en su rostro, exclamó: «Yo no tengo sueños». Por un momento supuse que estaba prolongando incertidumbre con seriedad para romper ese silencio con una carcajada, era muy característico de él, con algunos chistes un tanto fuertes ya lo había hecho, -cosa de capitanes, supongo-. Pero nunca vaciló de tal seriedad.
- ¿pero por qué, a que te refieres con “no tengo sueños”? –Pregunte inquieto.
- Por las noches, me acuesto, duermo y a la mañana siguiente no recuerdo haber tenido ningún sueño, es así, simple nomás, “no tengo sueños”. Es aterrador, fui al médico y todo, hasta traté de hacer mil cosas en el día para llenar mi cabeza de recuerdos. Te explico: ¿viste que los médicos dicen que el sueño es un acto del subconsciente y en gran medida el conciente ayuda? –Asentí- bueno, yo traté de cargar mi subconsciente con mil cosas, viajando, conociendo gente nueva, escribiendo, leyendo y pensando mucho, pero nada me hace soñar… estoy completamente muerto de noche.
Damián
1 comentario:
Que grande! La descripción que haces de los lugares y personajes está buenísima, crean un clima muy particular y me hacen entrar aún más en la historia. Muy bueno che! Aunque el final me dejó con ganas de más, je...
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